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Nadie sabe con exactitud cuando ni como llegó.
Pero la leyenda cuenta que fue el primero de todos
los que hoy pueden verse
en la Bahía Redonda.
"El Cisne" de él hablo, desplegó sus alas, sobrevoló la Bahía rasando el agua,
inspiró el aire, observo el entorno y supo enseguida que era aquí. Supo también que todos los hechos anteriores de su vida estaban hilados con un sólo propósito: establecerse aquí y hacer de este lugar su lugar. Pero no sólo eso, también este lugar estaba destinado a ser modificado por él, tanto como el fue modificado por este rincón de la Patagonia Argentina.
Con ese conocimiento transcurrieron los años del cisne, conoció cada espacio de La Bahía, todos los aromas, las infinitas pinceladas que la luz creaba día a día en el agua, en los Cerros,
en las montañas.
No puedo decir con precisión en que momento sucedió, pero si puedo asegurarles que el espíritu del lugar lleno la vida del cisne, o dicho de otra forma
el espíritu de todo lo que ves estaba en el cisne.
El tiempo pasó y un día El Cisne levantó vuelo, avanzó unos metros, se posó sobre el jardín que ves por la ventana y ahí permaneció. A la mañana en ese lugar había crecido un roble, dicen que es el único que puede verse por aquí.
El Cisne se hizo roble, y mientras este se mantenga en pie, el espíritu de este lugar permanecerá inalterable para el disfrute de aquellos amigos que vienen a visitarlo.
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